Las personas estamos habituadas a hablar acerca de lo bueno y de lo malo cotidianamente.
Por ejemplo, cuando calificamos nuestras acciones solemos decir que ayudar a quien lo necesita es bueno y que, en cambio, robar es malo.
Pero, más de una vez nos preguntamos qué es lo que nos impulsa a actuar así de una u otra forma. Acaso, ¿existe algo bueno o algo malo en nosotros que determina el tono de nuestras acciones o una fuerza exterior nos impulsa a realizar el bien o el mal independientemente de nuestra voluntad?.
La respuesta a este interrogante, sin duda, dependerá del enfoque religioso o filosófico que se tenga.

Desde los comienzos del cristianismo, una de sus más profundas preocupaciones la constituyó el problema del mal.
La palabra de Cristo fue el corolario de la revelación divina.
El Antiguo Testamento y los Santos Evangelios daban a conocer al hombre el mensaje de Dios. Pero este mensaje no siempre era claro o, cuando menos, causaba hondas inquietudes, ya que pocos sabían cómo interpretar lo que allí se decía.
Los filósofos “amantes de la sabiduría”, desde los primeros siglos de nuestra Era, se sintieron atraídos por la riqueza de las enseñanzas bíblicas.
Ellos emprendieron la tarea de pensar y reflexionar sobre las Sagradas Escrituras, buscando desentrañar, entre otras cosas, el porqué del Mal.
La mayor parte de los filósofos que trataron de esclarecer el tema coincidieron en que el Mal carecía de entidad. Es decir, que no era nada (ni una fuerza, ni un principio de la Naturaleza siquiera).   Mas bien consideraron que el Mal era la expresión de la carencia de algo; una imperfección, lo que le falta a “un algo” para ser perfecto.
Los primeros filósofos que estudiaron y reflexionaron acerca del Mal, estuvieron de acuerdo en definir a Dios como una fuente de luz que ilumina a sus criaturas y que con su luz nos da el ser y la existencia; que todos somos sus seres de luz (no muñequitos creados con arcilla).
Cuando el hombre se aleja de su Creador – cuando peca – se aparta del Ser, de la Luz y entra en las tinieblas, en el Mal.

Sin embargo, las tinieblas no son “algo” en sí mismas; son, simplemente, la falta de luz, la carencia del Ser.
Por eso, “mal” es la palabra con la que designamos tanto a la “falta de Ser” como a la imperfección y al alejamiento de Dios.
La definición de la palabra “mal” se traduce, literalmente, por “ausencia”; de la misma manera que la palabra “hueco” no designa a “algo” sino que es la falta de “algo”, por ejemplo, de “contenido”.
Pero esta concepción nos conduce a otro interrogante: Entonces, ¿qué es lo que hace posible que el hombre se aleje de Dios, es decir, que actúe mal?.
La respuesta está en la propia voluntad humana.
Ya en los siglos III y IV, importantes filósofos como Orígenes de Alejandría y Gregorio de Niza afirmaron que el hombre ha sido dotado de libre albedrío por Dios ya que somos parte de él; somos pedacitos de luz de Él.
Esto significa que el hombre posée una facultad que le permite elegir cómo actuar: puede escoger entre hacer aquéllo que, presumiblemente, Dios valora como “bueno” (no mentir, no robar, no matar, no fornicar) o desobedecer.
Para los primeros pensadores, cristianos, de épocas pasadas, el primer atributo del Ser Humano es la Libertad de elección.

La aceptación de que el ser humano posée la facultad de elegir su destino fue una de las principales diferencias entre la Iglesia católica y los maniqueos (primeros escribas de los textos religiosos del budismo, del cristianismo y del islam).
En el siglo III hizo su aparición una corriente interpretativa maniqueísta de las Escrituras que afirmaba que existen dos fuerzas antagónicas: el Bien y el Mal.
Según esta corriente (base para las religiones mencionadas), el alma humana no es otra cosa que el campo de batalla donde estas fuerzas se miden.
Realmente, la voluntad humana, el libre arbitrio, no existen.
Nuestras acciones (buenas o malas) son sólo el resultado del combate entre estos principios.
Es fácil darse cuenta de que si esto fuese así, el hombre no necesitaría esforzarse en pensar qué es lo recto ni tendría responsabilidad alguna sobre sus actos, por lo que no existirían ni premios ni castigos (ni Cielo ni Infierno; ni Condenación ni Paraíso).

Los maniqueos, al pasar de los siglos y conforme la Iglesia católica se reafirmaba en la Sociedad, fueron considerados herejes porque su doctrina rechazaba lo que es un supuesto básico del cristianismo: El hombre puede elegir qué hacer y, por lo tanto, es responsable de su obrar.
Pero, ¿cómo se puede demostrar esto?.
Los filósofos cristianos recurrieron una vez más a la lectura reflexiva de las Escrituras para contestarlo.
Dios dictó a Moisés las leyes de su pueblo: los Diez Mandamientos.
Allí, Jehová (también llamémosle Dios, Alá… etc.) dispone las reglas de obrar correctamente: amar a Dios sobre todas las cosas, honrar al padre y a la madre, no matar, no desear a la mujer del prójimo.. etc.
¿Por qué Dios tiene que expresar su voluntad al hombre como un mandato?. Dios no necesita ordenar a las gaviotas cuándo migrar o a las plantas cuándo florecer…
El Creador ha puesto en la naturaleza misma de estas criaturas las leyes a las que deben obedecer y de las que no escaparán nunca porque no pueden elegir otra cosa distinta para hacer.

El filósofo Juan Escoto Erígena, en el siglo IX, aseguró que Dios dictó su Ley a Moisés sabiendo que Él mismo ha incluido en la naturaleza humana el libre albedrío, la capacidad de elegir entre obedecer y desobedecer, entre redimirnos o perdernos, entre hacer el bien o hacer el mal.
Los filósofos cristianos posteriores (como San Anselmo o Abelardo; en el siglo XI) aceptaron básicamente el planteamiento de que Dios puso en el hombre aquello que le posibilita pecar, es decir, hacer el mal y, por lo tanto, alejarse de la Luz (Dios).
Pero es, con total seguridad, Santo Tomás de Aquino (siglo XIII) quien con mayor agudeza percibió más profundamente el valor de la Libertad del Ser.
Para Tomás de Aquino, Dios – que todo lo sabe – conoce desde toda la eternidad qué es lo que cada uno de nosotros hará (en su poder obran los contratos y archivos akáshicos de todas nuestras existencias).
Pero no se trata de que Él haya elegido por nosotros… sino que somos nosotros quiénes decidimos si, por el Bien, nos acercamos a la Luz o nos alejaremos de élla por el Mal…

La energía del Mal es un principio colectivo que sincroniza la acción de toda la negatividad del Mundo.
En la totalidad de la Creación, tanto el Bien como el Mal son dos fuerzas presentes que determinan la evolución: la primera es una guía hacia la integración del Ser; la segunda lo estanca o lo destruye.
Pero es sólo dentro de la conciencia humana dónde ambos principios toman forma y son percibidos en su contexto real.
En la conciencia del hombre, el Mal se disfraza de… ¡¡ Ignorancia !!
Así que, cuando alguien hace algo malvado (sea lo que sea), no digáis “qué malo es”, sino que “ignorante es”….

Artículo especialmente dedicado a esas personas que hacen “el mal” creyéndose malvadas y, realmente, no lo son tal cual.
Simplemente.. su defecto congénito es el de poseer una conciencia inferior, incluso, a la de un mono y tan sólo son unos incultos y unos ignorantes.
Esta gente busca el odio de sus semejantes pero lo que, realmente, debemos sentir por éllos es ¡pena! (son las negras cucarachas de la Existencia).

Saludos a mis lectores y a mis seguidores.  Hasta pronto !.  

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